La grandeza de la palabra

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La muerte de Mandela nos ha traido de nuevo a las clases de historia o ética la grandeza de las palabras. Palabras para ser dichas y oídas con la intención de conmover, alentar, animar, enrabietar o simplemete recordarnos quiénes somos: seres humanos.

Tratamos de inculcar valores a nuestros estudiantes a través de preparadas y elaboradas clases, con actividades y ejercicios fantásticos pero olvidamos que, a veces, el discurso de un simple hombre en un momento especial puede ilustrar mucho más una clase que cualquier leccción académica.

Cuando Mandela tomó posesión de su cargo como presidente de Sudáfrica en 1994, tras largos años de persecución y cautiverio, sus primeras palabras podían haber demostrado la rabia y el odio de un pueblo hacia el Apartheid y hacia aquellos que lo sostuvieron durante décadas.

Todo lo contrario, Mandela abogó por la unidad de los pueblos y razas, por la superación del pasado, por la construcción de una nueva realidad en libertad de su país y la búsqueda de la felicidad a través de la solidaridad y la superación de la miseria.

Martin Luther King, John Fitzgerald Kennedy, Mahatma Gandhi, Jean Monnet o incluso el actual presidente de los EE.UU. Barack Obama, en su primer discurso como presidente, nos alientan e iluminan con valores universales que nuestros alumnos nunca deben olvidar.

Mandela, Pretoria, 1994
"Ha llegado el momento de curar las heridas. El momento de salvar los abismos que nos dividen.Nos ha llegado el momento de construir. Al fin hemos logrado la emancipación política. Nos comprometemos a liberar a todo nuestro pueblo del persistente cautiverio de la pobreza, las privaciones, el sufrimiento, la discriminación de género así como de cualquier otra clase. Hemos logrado dar los últimos pasos hacia la libertad en relativas condiciones de paz. Nos comprometemos a construir una paz completa, justa y perdurable. Hemos triunfado en nuestro intento de implantar esperanza en el seno de millones de los nuestros. Contraemos el compromiso de construir una sociedad en la que todos los sudafricanos, tanto negros como blancos, puedan caminar con la cabeza alta, sin ningún miedo en el corazón, seguros de contar con el derecho inalienable a la dignidad humana: una nación irisada, en paz consigo misma y con el mundo (...)" 



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